Cuentos con moraleja: "Las cicatrices de la vida"

cocodrido

Érase una vez una madre, Anna de nombre, que tenía un solo hijo, Freddy, de alrededor de once años. Su marido había muerto hacía tan solo unos meses de un doloroso cáncer de páncreas. Durante los últimos años habían ido en las vacaciones de verano a una casita que tenían en los Cayos de Florida.

Varios amigos de Freddy, que vivían cerca de su casa veraniega, planearon ir a bañarse el día siguiente a una pequeña laguna que había detrás de la casa. No sabemos cuáles fueron las razones, pero el caso es que los amigos no aparecieron. En eso que Freddy le dijo a su madre:

-          ¡Mamá me voy a dar un baño! ¡Estoy en la laguna!

A lo que la madre le preguntó:

-          ¿Han venido tus amigos? ¡No se te ocurra irte solo! ¡Ya sabes que es peligroso!

Era un día realmente muy caluroso. Freddy desoyó el aviso de su madre y decidió irse a bañar por su cuenta. Se puso el bañador y salió corriendo por la puerta de la cocina sin más aviso. Hacía tanto calor que sin pensárselo dos veces se tiró al agua.

Su mamá, que había entrado a la cocina para empezar a preparar la comida, lo vio a través de la ventana nadando tranquilamente. En eso que de repente, vio moverse algo grande por detrás de los juncos y matorrales que había bordeando la laguna.  Se fijó con más atención y le pareció descubrir un tremendo caimán, por lo que salió apresuradamente de la cocina y comenzó a gritar a su hijo lo más fuerte que podía.

-          ¡Freddy! ¡Sal! ¡Hay un caimán detrás de ti!

Oyendo Freddy los gritos de su madre se alarmó, y mirando hacia atrás recibió un susto de muerte. Comenzó a nadar con desesperación, pero ya era demasiado tarde. Desde la orilla la mamá consiguió coger a Freddy por un brazo, justo en el momento en el que el caimán le agarraba una de sus piernas. Anna tiraba con todas sus fuerzas, pero el cocodrilo era más fuerte, y poco a poco se fue llevando a los dos hacia el centro de la laguna. A pesar de ello, la madre no abandonaba en su intento por salvar a su hijo.

Un vecino, al oír los gritos de la madre y del hijo, se apresuró hacia el lugar con una escopeta y de un certero disparo mató al caimán.

Tanto el niño como la madre tuvieron que ser ingresados en el hospital del condado; el niño con graves heridas y la madre con un tremendo stress. El niño sobrevivió y, aunque sus piernas tenían muchas heridas, pudo volver a caminar a las pocas semanas. La noticia se difundió en todos los periódicos locales e incluso por televisión.

Dos semanas después del hecho, cuando el niño había vuelto a su casa a terminar de recuperarse, un periodista le preguntó si le quería enseñar las cicatrices de sus piernas. El niño levantó la sábana y se las mostró. Pero entonces, con gran orgullo se remangó las mangas del pijama y dijo:

-          Pero las que usted debe de ver son éstas.

Eran las marcas de las uñas de su mamá que habían agarrado con fuerza el brazo de su hijo para que el caimán no se lo llevara.

-          Las tengo porque mamá no me soltó y me salvó la vida.

………..

Conforme van pasando los años, también son visibles en nuestro corazón muchas cicatrices. Algunas son causadas por nuestros pecados ya perdonados, otras son las huellas del amor Dios, quien nos sostuvo con fuerza para que no cayéramos en las garras del mal. Las cicatrices por los pecados perdonados las tendremos que borrar aquí en esta vida o luego en el Purgatorio; en cambio, las que son consecuencia del amor vienen con nosotros pues son signos de nuestro triunfo.

El amor verdadero puede llegar a dejar muchas cicatrices en nuestro corazón: cuando perdemos a un ser querido; cuando –como Cristo- nos dejamos clavar en el madero; cuando llevados por el amor, el mismo Señor graba en nosotros sus propios estigmas. En el fondo, todas estas cicatrices son signos de nuestra victoria, son heridas de guerra, son en una palabra: las señales de nuestra entrega. Una cicatriz en el corazón puede ser a veces el mejor recuerdo de nuestro amor. No en vano, Cristo resucitado quiso permanecer con sus llagas por siempre, como gloria para Él; y para nosotros, un recuerdo de su amor y de su entrega.

“No hay mayor amor que el de aquél que da la vida por sus amigos” (Jn 15:13).

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