Cuentos con moraleja: "El pan más pequeño"

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Acababa de terminar la Segunda Guerra Mundial. Muchos países estaban en el caos. Faltaban  hospitales, medicinas y muchas cosas de primera necesidad. Quienes más sufrían eran los niños por la falta de alimento. Los hechos que vamos a relatar nos sitúan en un pueblecito pequeño de Alemania en las fechas cercanas a la Navidad.

Había en ese pueblecito no más de doscientos habitantes. Bastantes familias habían perdido durante la guerra a los padres y abuelos. El hambre y la desnutrición era el visitante más común de todos los hogares. Las cosechas habían sido destruidas por la guerra.

Como se acercaba la Navidad, el único panadero que había quedado en el pueblecito pensó hacer una buena obra y dar una hogaza de pan cada día a los niños que vinieran a recogerla a su panadería. Después de haberlo anunciado debidamente en la plaza del pueblo, preparó veinte hogazas, unas más grandes y otras más pequeñas, con la masa que le había sobrado.

En esto que llamó a los niños, los cuales no tardaron ni un minuto en llenar la pequeña habitación que servía de tienda para vender el pan. El panadero, a quien llamaremos convencionalmente Honorato, puso un poco de orden y les dijo que se acercaran para coger cada uno un pan. Acababa de dar el silbato de salida cuando los niños se abalanzaron a coger su hogaza de pan, a cual más grande y salir corriendo hacia su casas para entregarlas a sus madres. Ninguno se detuvo un segundo para darle las gracias a Honorato, pero a él no le preocupó mucho; si había hecho este gesto era por caridad y no esperaba ningún reconocimiento a cambio. Al final quedó una niña pequeña en un rincón de la habitación, la cual sin atreverse a levantar los ojos oyó al panadero que le decía:

-          ¿Es que no has cogido tu pan?

A lo que ella respondió:

-          Estaba esperando que todos los niños cogieran su pan. Ellos lo necesitan más que yo.

-          ¿Es que no tienes hambre? – Preguntó el panadero.

-          ¡Mucha! - Respondió la niña.

La niña cogió su pan, el más pequeño que había quedado, besó la mano de Don Honorato, le dio las gracias y se marchó feliz a su casa. Cuando llegó, su madre y sus otros tres hermanos hicieron un “festín”. La verdad es que era lo único que tenían para comer ese día; pero les supo a gloria. Ese día los ratones pasaron hambre, porque no quedó en la casa ni una migaja de pan.

Al día siguiente, Don Honorato, cumpliendo su promesa, volvió a llamar a los niños, quienes corriendo como gacelas hambrientas, se acercaron a la panadería. La historia se repitió. Los niños cogieron sus hogazas de pan, a cual más grande, y al final del todo quedó la misma niña, a la cual le tocó de nuevo la más pequeña, pues era la última que quedaba. La niña volvió a agradecer a Don Honorato el pan que le había dado y se marchó muy feliz a casa. De vuelta a casa pudo comprobar por el camino, que este pan, a pesar de ser pequeño, pesaba mucho más que el día anterior.

Cuando llegó a casa, todos se prepararon a disfrutar del festín. La madre cogió un cuchillo y se dispuso a cortar el pan, cuando de pronto se dio cuenta que en medio del pan había algo duro que no le permitía seguir cortando, así que abrió el pan en dos con las manos y descubrió un montón de monedas de oro. Separaron las monedas y se comieron con fruición hasta la última migaja. Entonces la madre se quedó pensando:

-          Con estas monedas podría comprar comida para muchos días. Mis hijos ya no pasarían hambre. Pero, por otro lado, ese dinero no es mío. Seguramente se le cayó a Don Honorato y ahora lo estará buscando el pobre.

Así que mandó a la niña a la panadería para que le devolviera las monedas de oro al panadero. Cuando la niña llegó, le dijo a Don Honorato:

-          Mire usted, señor, resulta que estábamos cortando el pan y mi madre se encontró todas estas monedas dentro. Como se imaginó que usted las había perdido, aquí se las devuelvo.

Don Honorato se quedó conmovido ante tanta candidez y le dijo a la niña:

-          Las monedas no se me cayeron en el pan. Yo las puse allí a caso hecho. El otro día, cuando viniste por el pan, me conmovió tu generosidad al dejar que los demás niños se llevaran los panes grandes y tú te quedaste con el más pequeño. Además, fuiste la única que me dio gracias. Así que pensé ¿qué puedo hacer para premiar su virtud? Como sabía que hoy también te quedarías con el pan más pequeño, yo puse en él todas esas monedas, sabiendo que ningún otro lo cogería. ¡Así que son tuyas!¡ Llévalas a casa para que tu mamá no pase más necesidad!

La niña se abalanzó sobre el cuello de Don Honorato, le dio un beso…, y mientras atravesaba la puerta de la calle, una lágrima comenzó a rodar de los ojos emocionados de nuestro bendito panadero.

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Por muchas necesidades que nosotros pasemos, siempre hay personas que sufren más. Cuando recibamos ayuda, no seamos egoístas. Además, nunca olvidemos ser agradecidos con aquellos que se acuerden de nosotros, y de modo especial, con Dios, que al fin y al cabo es quien los puso en nuestro camino.

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