Cuentos con moraleja: "Mis abogados defensores"

obra 136

Después de haber vivido decentemente en la tierra, mi vida llegó a su fin. Lo primero que recuerdo es que estaba sentado sobre un banco, en la sala de espera de lo que imaginaba era un juzgado. La puerta se abrió y se me ordenó entrar y sentarme en el banquillo de los acusados. Cuando miré a mi alrededor vi al fiscal, quien tenía apariencia de villano y me miraba fijamente; era la persona más demoníaca que había visto jamás.

Me senté, miré hacia la izquierda y allí estaba mi abogado, un caballero con una mirada bondadosa cuya apariencia me era familiar. Junto a él una mujer un poquito mayor que él, que de vez en cuando le cuchicheaba al oído.

La puerta de la esquina se abrió y apareció el Juez vestido con una túnica impresionante. Su presencia demandaba admiración y respeto. Yo no podía quitar mis ojos de Él. Se sentó y dijo:

—Comencemos.

El fiscal se levantó y dijo:

—Mi nombre es Satán y estoy aquí para demostrar por qué este individuo debe ir al Infierno.

Comenzó a hablar de las mentiras que yo había dicho, de las cosas que había robado en el pasado. También habló de otras horribles cosas y perversiones cometidas por mi persona. Cuanto más hablaba, más me hundía en mi silla de acusado. Me sentía tan avergonzado que no podía mirar a nadie, ni siquiera a mi abogado. Mientras tanto, Satanás seguía mencionando pecados que hasta yo mismo había totalmente olvidado.

Estaba molesto con Satanás por todas las cosas que estaba diciendo de mí, e igualmente molesto con mi abogado, quien estaba sentado en silencio sin ofrecer ningún argumento de defensa a mi favor. Yo sabía que era culpable de las cosas que me acusaban, pero también había hecho algunas cosas buenas en mi vida, ¿no podrían esas cosas buenas por lo menos equilibrar lo malo que había hecho?

Satanás terminó con furia su acusación y dijo:

—Por todo ello, este individuo debe ir al Infierno.  Es culpable de todos los pecados y actos que le he acusado, y no hay ninguna persona que pueda probar lo contrario. Por fin se hará justicia este día.

Cuando llegó su turno, mi abogado se levantó y solicitó acercarse al Juez, quien se lo permitió, pese a las fuertes protestas de Satanás.

Hasta entonces no me había dado cuenta por qué me había parecido tan familiar; era el mismo Cristo quien me representaba: mi Señor y Salvador. Junto a Él estaba su Madre, quien ocasionalmente le hablaba al oído o le pasaba alguna nota escrita en un trozo de papel. Mi Abogado defensor se puso pie y se volvió para dirigirse al Jurado:

—Satanás está en lo correcto al decir que este hombre ha pecado. No voy a negar esas acusaciones. Reconozco que el castigo para el pecado es muerte y este hombre merece ser castigado.

Respiró el Abogado fuertemente, se volvió hacia el Juez, y con los brazos extendidos proclamó:

Sin embargo, Yo di mi vida en la cruz para que esta persona pudiera tener la vida eterna, y él me aceptó como su salvador; y cuando en alguna ocasión ofendió a Dios, siempre se arrepintió y confesó; por lo tanto es mío.

Mi Salvador continuó diciendo:

—Su nombre está escrito en el Libro de la Vida y nadie me lo puede quitar. Satanás todavía no comprende que este hombre merece tanta justicia como misericordia.

Cuando Jesús se iba a sentar, hizo una pausa, miró al Juez dijo:

—No se necesita hacer nada más. Su cuenta está saldada.

El Juez levantó su poderosa mano y golpeó la mesa fuertemente con el mazo. Las siguientes palabras salieron de sus labios:

—Este hombre es libre. El castigo para él ha sido pagado en su totalidad… Caso concluido.

Cuando mi abogado defensor me conducía fuera de la corte, pude oír a Satanás protestando enfurecido:

—No me rendiré jamás, ganaré el próximo juicio.

Acabado el juicio le pregunté a mi Abogado:

—¿Has perdido algún caso?

Mi Abogado me respondió:

—Todo aquél que ha recurrido a mí para que lo represente, ha obtenido el mismo veredicto .... Pagado en su totalidad.

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Este cuento me trae a la memoria unas enseñanzas de Jesús recogidas en la Primera Carta de San Pablo a Timoteo:

“Porque uno solo es Dios y uno solo también el mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo hombre, que se entregó a sí mismo en redención por todos” (1 Tim 2: 5-6).

Si Jesucristo es el único mediador, ¿qué papel juega la Virgen María en nuestra salvación? Jesús quiere que Ella sea la abogada y mediadora de las gracias que pedimos a Él. Intercesora por definición, María derrite el corazón de Jesús y lo abre a nuestros ruegos.

La clave está en la doble naturaleza de Jesús, que es Dios, pero también es hombre. Jesús es el único que posee una doble naturaleza, divina y humana; y por ello, el único mediador ante Dios.

Jesús, hombre verdadero, es el único auténtico punto de unión con Dios porque Él mismo es también Dios verdadero. Sin embargo, Dios, alimentado por su amor, deseó hacer más; dispuso venir al mundo a través de alguien como nosotros: ¡Esa es María!

Jesús se derrite ante sus pedidos, como se derrite un hijo ante los pedidos de una madre. Así ocurrió en Caná, cuando “faltando el vino, la Madre de Jesús le dijo: “No tienen vino” (Juan 2:5). Jesús realizó entonces el primer milagro de su vida pública por la intercesión de la Virgen. María es así mediadora ante Jesús, porque es su Madre.

La Madre del Verbo está indisolublemente unida a su Hijo, y es de este modo el eslabón dorado que une a cada persona con Dios-hombre, Jesús, para que así lleguen nuestros ruegos al Trono de Dios. Dios quiso que María fuera el canal perfecto a través del cual nuestros ruegos llegaran a Jesucristo; y por Jesucristo, a la Santísima Trinidad.

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