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Firmes contra el pecado. Misericordiosos con el pecador.

Bramantino

El Señor nos enseña en multitud de ocasiones que tenemos que ser misericordiosos con el pecador arrepentido (la mujer adúltera (Jn 8: 1-11); el hijo pródigo (Lc 15: 11-32); pero también nos enseña que hemos de ser firmes en la lucha contra el pecado (Heb 12:4).

El pecado es siempre algo malo, pues es una desobediencia a Dios y a sus leyes. Es por ello que nunca puede ser aceptado. La lucha contra el pecado ha de ser total y permanente. Aceptar el pecado es ponerse del lado del demonio y en contra de Dios.

Los mandamientos de la ley de Dios presentan los pecados más comunes. San Pablo nos enseña también, a modo de lista, una serie de pecados que nos llevarán a la condenación eterna: “¿Es que no sabéis que los injustos no heredarán el Reino de Dios? No os engañéis: ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los injuriosos, ni los rapaces heredarán el Reino de Dios”. (1 Cor 6: 9-10)

Hoy día hay una tendencia interesada en mezclar los términos, causar confusión  y difuminar las aristas. Se ha pasado de la idea de tener misericordia del pecador arrepentido a eliminar la malicia del pecado. Si no decimos claramente que robar, matar, cometer actos impuros… son pecados graves, pues son ofensas graves contra las leyes de Dios, no estamos haciendo ningún bien al hombre. Lo único que estamos haciendo es causar más confusión y su condenación eterna. Si no decimos claramente que la conducta homosexual es gravemente pecaminosa; y presentamos la homosexualidad como una "opción" plenamente aceptable, caeremos en la maldición de Sodoma y Gomorra. Una cosa es tener misericordia del pecador arrepentido y otra muy diferente negar la malicia del pecado. Hay que saber mantener un perfecto equilibrio entre tener misericordia del pecador y condenar la malicia del pecado. Parece que más que misericordia con el pecador, lo que hay hoy día es cobardía en denunciar el pecado. Jesús supo mantener un perfecto equilibrio en perdonar al pecador arrepentido: "Yo tampoco te condeno" y al mismo tiempo denunciar la malicia del pecado: "Pero en adelante no peques más".

El juicio de las acciones personales lo tenemos que reservar a Dios. Nosotros no somos quiénes para acusar, ni condenar a nadie: “no juzguéis y no seréis juzgados” (Lc 6:37).  Pero también el Señor nos dijo: “por sus obras los conoceréis” (Mt 7:20). Nosotros no podemos juzgar porque no sabemos la intención de la persona a la hora de hacer una mala acción, o si era libre, o si tenía plena conciencia de lo que estaba haciendo; pero lo que sí podemos decir es si el acto en sí era bueno o malo. No podemos decir que este señor es un ladrón; pero sí podemos decir que se ha efectuado un robo. En ello consiste la diferencia entre el pecado y el pecador. Podemos juzgar si la acción es mala; pero sólo Dios puede condenar a la persona que hace esa acción.

Esta actitud diferente ante el pecado y el pecador la vemos claramente manifiesta en la conversación entre Jesucristo clavado en la cruz con el buen ladrón: “Nosotros (decía el buen ladrón) estamos aquí justamente, porque recibimos lo merecido por lo que hemos hecho; pero éste no ha hecho ningún mal. Y decía: -Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino. Y le respondió: -En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso.” (Lc 23: 41-43). Jesucristo perdona al pecador arrepentido. O cuando dice: “No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores” (Lc 5:32). Sabemos que el Señor comía con publicanos y prostitutas; pero en ningún momento condonaba sus pecados. Al final siempre decía al pecador arrepentido: “Yo tampoco te condeno, pero en adelante no peques más” (Jn 8:11). Claramente les hacía ver que sus acciones eran malas y tenían que cambiar para salvarse.

Otra cosa diferente habrá de ser nuestra actitud ante el pecador que se ha ensoberbecido en su pecado y no quiere arrepentirse. Aquél que se cree que está en lo correcto y no tiene que dar cuenta a Dios de sus acciones. Por supuesto que tendremos que pedir por él; pero no olvidemos lo que nos dice San Juan en su Segunda Carta: “Todo el que se sale de la doctrina de Cristo, y no permanece en ella, no posee a Dios; quien permanece en la doctrina, ése posee al Padre y al Hijo.  Si alguno viene a vosotros y no transmite esta doctrina no lo recibáis en casa ni le saludéis; pues quien le saluda se hace cómplice de sus malas obras”. (2 Jn 1:9-11). Aunque sobre esto ya hablaremos en otra ocasión.

 Así pues, no confundamos los términos. Firmes y claros en la lucha contra el pecado. Misericordiosos con el pecador que se arrepiente.

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