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Jorgito y la familia que alcanzó a Cristo

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Jorgito, echado en la cama y a punto de dormir, siente una repentina sed. Decidido a ponerle remedio, dirige un vistazo a sus hermanos (los padres, salvo emergencia, no les dejan levantarse; en caso contrario, el pasillo se convierte en una procesión de hijos pidiendo agua, pipí y otras excusas similares destinadas todas ellas a evitar la cama); aliviado, observa que todos se han rendido al sueño. Por ello, baja con sigilo de la litera y camina hacia la cocina. Al entrar al salón, descubre a mamá, sentada en el sofá y con un libro en la mano.

—¿Qué haces, mama? —pregunta curioso.

Su madre levanta la vista sorprendida. Jorgito cree adivinar una lágrima en sus ojos.

—Cariño, me has sobresaltado; no te he oído entrar. —Su voz no reflejaba enfado—. Estaba aprovechando estos minutos antes de que llegue tu padre para leer. Apenas tengo tiempo durante la jornada, así que procuro buscar ratos libres para ponerme al día en lectura espiritual.

Alentado por la sonrisa de su madre y sobre todo, por intuirse consciente de participar en un momento de especial intimidad, nuestro protagonista se aventura con una segunda pregunta:

—¿Qué lees?

Mamá cierra el tomo y le enseña la tapa. Jorgito ojea el título con curiosidad: “La familia que alcanzó a Cristo” de un tal M. Raymond, trapense.

—Es la historia del gran San Bernardo… bueno, de toda su familia, para ser exactos — aclara—. La primera vez que lo leí tenía quince años, desde entonces, siempre que puedo lo releo… Me trae muchos recuerdos.

El niño camina con cautela hacia el sofá (es consciente de que está fuera de hora) y se sienta al lado de su madre. Quiere saber más acerca del libro. Aliviado, se da cuenta de que le hace un hueco junto a ella.

—¿Qué tiene de especial?

—Mucho —responde pensativa—…, mucho. Este libro marcó mi vida, Jorgito. Creo que Dios lo puso en mi camino y lo usó para decirme cosas muy importantes. Es curioso, en aquel entonces yo era una ávida lectora; devoraba cuanto caía en mis manos. Y, sin embargo, apenas puedo recordar algún libro de aquella época. En cambio, recuerdo perfectamente el momento en que leí éste, la mesita de mi habitación donde lo guardaba y lo mucho que me inspiró.

Jorgito estaba sorprendido por la confesión de su madre. Quería saber más.

—Pero, ¿por qué es tan especial?

—Cuenta la historia de una auténtica familia de soldados; de soldados de Cristo. San Bernardo, con su arrojo, arrastró a todos sus hermanos hasta la santidad. Y no solo a ellos, a sus padres también.

Los ojos del niño se abrieron como platos. ¡Una historia de guerreros! Y encima… para él solo (esta circunstancia no se daba mucho en una familia numerosa, así que había que aprovecharla).

—¿Con qué armas lucharon? ¿En qué guerra? ¿Cómo ganaron? —bombardeó con entusiasmo.

Mamá no pudo aguantar la risa.

—Jorgito, no fueron esa clase de guerreros. Fueron soldados de Dios, monjes cistercienses. ¡Todos! Y lucharon con armas mucho más poderosas que cualquiera que existe en el mundo: la oración, la limosna y la penitencia.

—¡Oh! —dijo el niño sin poder esconder su decepción.

—¡Ja, ja, ja! Has puesto la misma cara que debieron poner los hermanos de Bernardo cuando escucharon su propuesta. ¿Sabes? La primera vez que les habló de la vida monacal, estaban en pleno sitio a la fortaleza de Grancy. No sé si te lo he dicho, pero los hermanos eran soldados nobles que luchaban al servicio de su señor. Tenían merecida fama de bravos guerreros, diestros en el manejo de armas. Pero entonces, un día, en plena guerra, apareció Bernardo y les habló sobre la posibilidad de ser hombres generosos, héroes capaces de dárselo todo a Dios, tanto su ser como su servicio caballeresco. —El niño volvía a estar interesado—. ¡Cómo debió de hablarles, Jorgito, que uno a uno fueron abandonado su vida novelesca para retirarse a la vida silenciosa del monasterio! ¿Te lo imaginas? Consiguió que treinta hombres abandonaran el sitio de Grancy para partir hacia Citeaux.

Jorgito no se daba por convencido. No entendía por qué habían tenido que renunciar a esa vida heroica por Dios.

—Hijo mío, ¡no te equivoques! La batalla por la santidad es la más dura y la más difícil de todas. Y esta familia, peleó como ninguna. Lucharon todos por alcanzar a Jesucristo. Uno a uno, se fueron contagiando de la fuerza de Bernardo… desde el hermano mayor, Guy, hasta el pequeño, Nirvardo. ¡Incluso la hermana, Humbelina, con toda su belleza, abandonó su vida de noble para retirarse al convento cisterciense! Todo para combatir por Dios, por Cristo. El resultado: seis hermanos beatos, y uno santo, el gran San Bernardo. Y… aún me queda un monje más por añadir a la lista familiar: ¿Quieres saber quién?

Era una pregunta con respuesta obvia. Jorgito estaba impaciente por conocerla.

—¡El padre, Jorgito! El padre también marchó a Citeaux para pasar allí los últimos años de su vida. ¡Y eso que, Tescelín el Moreno, era un gran noble con mucha influencia!

—Querría estar con sus hijos…

—No. Quería poner su vida al mejor servicio de Dios. Al principio pensaba que, al ser un hombre viejo, no podría entrar en la dura vida del monasterio. Pero Bernardo le hizo una pregunta que despejó todas sus dudas: ¿Es que no puedes rezar, padre? —Mamá aguardó silencio unos instantes— Jorgito, yo admiro a ese padre más que a ninguno de los otros hijos.

—¿Por qué? —dijo embobado.

—Porque supo someterse, por obediencia y amor a Dios, a sus hijos. ¡Imagínalo! Un bravo guerrero, consejero del Duque, y acostumbrado a dar órdenes, de repente abandona todo y se convierte en un simple monje bajo los mandatos de sus retoños: limpia el establo, siembra el huerto, recoge la mesa… Y así lo hizo, ¡sin rechistar! Para alabar a Dios. ¿Increíble, no? Pues por esa heroica hazaña, hoy la Orden de Citeux llama venerable a aquel viejo guerrero.

Jorgito ya había logrado comprender a mamá. Solo le quedaba una duda:

—¿Y por qué —quiso saber— cambió este libro tu vida? Tú no te has hecho monja como ellos.

—¡Ja, ja, ja! Tienes razón, hijo mío. Ciertamente no fue por eso. A ver, dime tú quien falta en esta historia.

El hijo apenas tuvo que pensar unos instantes:

—¡La madre!

—¡Eso es! Alice de Montbar, o mejor, dicho beata Alice de Montbar. El libro cambió mi vida porque ahí descubrí a Alice, Jorgito. Ella tan solo contaba con quince años cuando se casó con Tescelín el Moreno. Jamás pensó que Jesús tendría preparada esa vida para ella. Al contrario, quería entregarse a Dios como monja en un convento. Y sin embargo, Tescelín osó pedir su mano a su padre. Y ¿sabes cuál fue la contestación de esta mujer? La santa obediencia hacia su padre, sabiendo que la voluntad de Dios era distinta a la suya propia. Alice entendió que el secreto de la santidad estriba simplemente en hacer la voluntad de Dios con buena voluntad. Estaba convencida de que Cristo quería que fuese esposa de Tescelín el Moreno y madre de siete hijos. Y eso hizo, abandonó su loable proyecto para dedicarse en cuerpo y alma a su familia, a esa otra vida que Dios forjó para ella. —Mamá miró el libro durante unos momentos. Su mente pensaba en algún detalle del mismo—. Se marcó un objetivo, Jorgito: llevar a sus miembros a la santidad, y lo cumplió con humildad, sin grandes aspavientos ni milagros vistosos. Hijo, el libro parte de la hipótesis de que una familia de santos no surge por “casualidad”. Para que la Gracia de Dios haga efecto, debe existir un campo arado y bien preparado. Alice sembró el terreno, con naturalidad y sobrenaturalidad, ambas cosas a la vez. Los educó en virtudes, les enseñó a orar, practicó la caridad… Y Dios respondió con creces, como siempre. ¡Fíjate que, al final, logró mandar a toda la familia al claustro! ¡Lo que ella quiso en un principio para sí, lo consiguió para su familia! Y todo, por hacer, con sencillez, la voluntad de Dios.

Jorgito estaba maravillado. Quería quitarle el libro a mamá de sus manos.

—¿Puedo leerlo yo?

—Aun no, hijo. Eres muy pequeño todavía para comprenderlo en su totalidad —mamá se levantó y lo depositó en la leja de la biblioteca del salón—. Pero lo dejaré aquí para que, cuando Dios te lo indique, lo leas con detenimiento… Y ahora, ¡a la cama, pillastre! Que ya le has robado al sueño bastantes minutos con nuestra charla.

La mirada impresionada de Jorgito indicó a la madre que, efectivamente, algún día leería ese precioso libro. Una vez que acostó a su hijo, volvió a echarle un último vistazo al tomo que descansaba en la biblioteca. Su marido estaba a punto de llegar.

Alice, cuida de mi familia. Haz que Dios me de la misma sabiduría sencilla que te dio a ti. Que sea capaz de llevar a sus miembros a la santidad. Haz simplemente que, algún día, pueda presentarle a Dios la misma corona que tú le entregaste: una familia que alcanzó a Cristo.

Y con esa sencilla plegaria, la madre se metió a la cocina, para hacer la cena a su esposo, que estaba a punto de llegar tras una larga jornada de trabajo.

Mónica C. Ars

 Tomado de www.adelantelafe.com

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