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Cuando el orgullo es diabólico

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Estar orgulloso de un virtud excelsa que poseamos, podría entenderlo,--aunque siguiendo a Santa Teresa de Jesús, más bien tendríamos que darle la mayor parte del crédito a Dios--, pero estar orgulloso de un vicio o pecado es lo que no entra en mi cabeza, pues es algo realmente diabólico.

El pecado es una triste realidad en la vida de cualquiera de nosotros. Cuando uno peca, la única solución está en ser humilde, reconocer su falta y pedir perdón a Dios. Pero cuando uno está orgulloso de su pecado, todo cambia; pues lo que nos podría ayudar para ser perdonados por Dios, no se encuentra; y en lugar de arrepentimiento, nos endurecemos en nuestro pecado, el demonio se transforma en nuestro dueño; y al final, al pecador impenitente no le queda otra cosa que el castigo eterno.

¿Qué explicación puede tener estar orgulloso de su pecado si le espera ese final? No puede tener otra explicación que el hecho de haber sido ya atrapado por Satanás.

¿Hasta qué punto nuestra sociedad acepta ese tipo de actitud; es más, incluso la aplaude? Ya el mismo Jesucristo nos lo dijo: “el mundo ama a los suyos” (Jn 15:19) y todos sabemos que el Diablo es el príncipe de este mundo (Mt 4: 8-9; Jn 12:31).

Un pecado de debilidad cualquiera lo puede cometer, pero cuando se da el salto y uno se enorgullece de su pecado, ahí es cuando entramos en el ámbito de pecados contra el Espíritu Santo. Mientras que permanezca el orgullo habrá impenitencia y rechazo de Dios, se estará en manos del demonio…, y a no ser que el hombre, tocado por la gracia, reconozca su pecado y sea humilde, no habrá perdón.

Así pues, ¿cuál ha de ser la actitud de un creyente cuando se encuentre con un hombre en esa situación? Primero de todo, no dejarse engañar por tanta propaganda diabólica; segundo, no altercar con él, pues es vano todo razonamiento; y después, rezar por aquél que se encuentre en esa situación, para que Dios le toque el corazón y cambie. Esa será la única oportunidad que tendrá para poder salvarse.

“Al siervo del Señor no le conviene altercar, sino mostrarse manso con todos, pronto para enseñar, sufrido, y con mansedumbre corregir a los adversarios, por si Dios les concede el arrepentimiento, y reconocer la verdad y librarse del lazo del diablo, a cuya voluntad están sujetos” (2 Tim 2: 24-26).

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