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Del "Todos los Santos" al diabólico Halloween

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Nos acercamos a unas fiestas litúrgicas de primer orden: la Solemnidad de Todos los Santos y la Conmemoración de los Fieles Difuntos. Es una celebración dedicada a la Iglesia Triunfante del Cielo (Todos los Santos) y a la Iglesia Purgante del Purgatorio (Fieles Difuntos), y a nuestra relación con ellas, como Iglesia Peregrina y Militante en la Tierra.

Por un lado, recordamos, damos gracias a Dios y pedimos la intercesión de nuestros hermanos que se han salvado. Ellos nos enseñan nuestra meta final, nos animan en nuestro caminar hacia el Cielo, interceden por nosotros y nos recuerdan constantemente el sentido de nuestra vida en este mundo: hemos sido creados por Dios que es Amor para ser santos, para amarle y ser amados por Él, y de ese modo, ser felices con Él eternamente, acompañados de todos nuestros hermanos bienaventurados. En este mundo no tenemos nuestra morada definitiva, sino que somos peregrinos en busca de nuestra Patria definitiva, la Jerusalén Celestial, de la que nos habla la Revelación (Heb 11: 14—16). ``Santos’’ son todos los moradores del Cielo. Ser santos, es también nuestra vocación: vivir santamente en la tierra (los primeros cristianos se denominaban entre ellos, ``los santos’’ ---Hech 9:13.32.41; 26:10; Ro 1:7; 1 Cor 1:2; etc.---), y alcanzar la santidad definitiva en los Cielos. Algunos santos del Cielo son conocidos, pues la Santa Iglesia los ha canonizado, los ha incluido en la ``lista’’ de los salvados. Otros muchos, son anónimos, pero están gozando del estado de bienaventuranza eterna. Son multitudes ingentes (Ap 7:9). De toda clase y condición, de todas las edades, de todas las naciones. Esta fiesta preciosa de la Solemnidad de Todos los Santos, alimenta nuestra fe y nos llena de esperanzas y de verdaderos desafíos para vivir una vida cristiana más perfecta.

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Cuentos con moraleja: "Rézame un Padrenuestro, ¡por favor!"

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Nuestra historia se desarrolla en París durante el verano del año 1827. Jacqueline, una joven huérfana de alrededor de veinte años, acababa de salir del hospital para pobres, después de haber sufrido una grave neumonía. Dejaba el hospital con vida, pero sin muchas esperanzas. Estaba sola en el mundo: ni padres, ni hermanos, ni parientes, ni trabajo. Todo lo que tenía lo llevaba en el bolsillo de su falda: una moneda de un franco. Pero demos un paso atrás en el tiempo para conocer mejor la situación de esta muchacha.

La joven Jacqueline, nacida en una aldea de Bretaña, había sido educada por sus padres en el santo temor de Dios. Tenía desde la infancia la piadosa costumbre de mandar celebrar todos los meses una Misa en sufragio por las almas del Purgatorio.

Siendo todavía una niña fallecieron sus padres, por lo que su modesta condición le obligó a buscar empleo de criada en casa de una familia acaudalada. A los dieciocho años abandonó su aldea natal, pues sus patrones se mudaron a la capital francesa. Allí, se mantuvo fiel a ese acto de caridad y asistía al Santo Sacrificio, durante el cual unía sus oraciones a las del sacerdote para pedir especialmente por el alma cuya liberación dependiera de una última plegaria.

Conocida un poco la niñez y adolescencia de nuestra joven, volvamos al momento en el que Jacqueline sale del hospital…

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Cuentos con moraleja: "El poder del Padrenuestro"

San Francisco de Asís

Estaba Jesús haciendo oración en cierto lugar. Y cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos:

-         Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.

Y Jesús le respondió:

-         “Así, pues, habéis de orar vosotros: Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad, como en el cielo, así en la tierra. El pan nuestro de cada día dánosle hoy, y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores, y no nos pongas en tentación, mas líbranos del mal”.

De todas las oraciones que hace el cristiano, la más importante es el Padrenuestro, por la sencilla razón de que fue compuesta, enseñada y aconsejada por el mismo Jesucristo.

Es una oración sencilla y directa dirigida a Dios Padre para darle gloria, pedirle que venga su Reino, cuide de nosotros todos los días con su providencia y perdone nuestros pecados. Es un a modo de resumen de cuál habría de ser la vida de cualquier cristiano.

Debido a la sencillez de la oración y a ser una de las que con más frecuencia rezamos, tenemos el peligro de hacerlo de modo rutinario sin saborear la riqueza y profundidad de su contenido. Por otro lado, siendo el mismo Cristo quien nos aconsejó que así rezáramos, unió a su rezo miles de gracias que podemos conseguir.

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Rezando por nuestros difuntos: El Purgatorio

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El Purgatorio es la obra maestra de la justicia y de la misericordia de Dios. San Juan en el Apocalipsis nos dice que nada manchado puede entrar en la Jerusalén celeste, esto es, en el Paraíso (Apocalipsis 21, 27)

Pocas son, sin embargo, las almas privilegiadas que llegan al momento supremo de la muerte con la inocencia bautismal. El Espíritu Santo nos dice que aun el justo peca siete veces, o sea, muchas (Proverbios 24, 16). Todos faltamos y nos manchamos con muchas culpas, si no mortales, por lo menos veniales. Es cierto que con el arrepentimiento y con los Sacramentos podemos obtener el perdón de la misericordia divina, pero queda siempre la pena temporal que pagar. Para ello no es suficiente la pequeña penitencia que nos impone el confesor y las pocas penitencias y mortificaciones que nosotros mismos hacemos voluntariamente. Además, ¿quién nos asegura que en el momento de la muerte podremos lavar todas las culpas, aun las veniales, con una buena confesión? Desgraciadamente, aun cuando –como esperamos– nos presentemos delante del tribunal de Dios sin culpas graves, tendremos todavía muchas deudas que pagar y muchas imperfecciones que purificar.

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Cuentos con moraleja: "Como el orgullo de una montaña"

el rio de las montanas 

Hace ya muchos, pero que muchos años, hubo un planeta pequeñito, muy joven, completamente liso, al que le salió una montañita que creció hasta 736 metros. Así estuvo un millón de años.

Con el tiempo comenzaron a surgir en la llanura otras montañitas, que también crecieron. La primera, irritada por la pérdida de su dominio, hizo esfuerzos y creció 362 metros más y, a medida que transcurría el tiempo, creció algunos metros en proporción a su orgullo.

Pero tanto crecer fue en vano pues comprobó que en sus cumbres ya no había vida a causa del frío y de los fuertes vientos; en cambio, las otras montañitas se cubrían de árboles donde anidaban mil clases de pájaros y eran acariciadas por suaves brisas. ¡Qué envidia!

Finalmente, no lo pudo aguantar y estalló convertida en fiero volcán, envenenó el aire, mató toda vida, desoló sus propias laderas, secó y arruinó a todas las montañas. Pasada la furia loca, vio su obra y…, apagándose se arrepintió.

Entonces de sus laderas brotaron lágrimas en forma de fuentes purísimas a cuyas aguas regresaron de nuevo los pájaros y con ellos las semillas.

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XXX Domingo del T.O. (A) (25 octubre 2026)

MANDAMIENTO NUEVO LES DOY 

El domingo pasado veíamos cómo los saduceos intentaban atrapar a Jesús para tener de qué acusarlo. Este domingo son los fariseos los que quieren atrapar a Jesús. Ante este rechazo habitual del hombre para aceptar a Cristo cabe preguntarse, ¿por qué le cuesta tanto al hombre aceptar a Cristo? ¿Por qué le es más fácil aceptar el mal y la mentira que el bien y la virtud? La respuesta es sólo una: la corrupción del corazón del hombre como consecuencia del pecado. Cuanto más empecatado está nuestro corazón, más sucio lo tiene, y como consecuencia le es más fácil aceptar las proposiciones del demonio que de Dios.

Cristo vino a cambiar esto. Él quiere cambiar el corazón del hombre desde dentro haciéndole una criatura nueva. Para ello le da su gracia a través del Espíritu Santo. Pero para ello, el hombre ha de dar el primer paso: arrepentirse y abrir su corazón a Cristo. Sin este primer paso, Cristo tiene las puertas cerradas y no tiene acceso a nosotros.

El que se arrepiente y abre su corazón a Jesús, se encuentra ante un mundo nuevo; un mundo de libertad, alegría, gracia –ya para esta vida-, y luego la felicidad eterna en la vida venidera.

Cambiemos pues nuestra actitud frente a Cristo. No vayamos a su encuentro, como hacían los saduceos y fariseos, para atraparle; sino que abramos humildemente nuestro corazón a Él. Recordemos algunas de las promesas que Cristo nos hizo:

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Cuentos con moraleja: "A veces nos parecemos a este albañil"

casa fea 

Esta historia nos relata la vida de un albañil que estaba ya a punto de jubirlarse. Una mañanita le comunicó a su  jefe que en unos meses cumpliría los 65 y no deseaba seguir trabajando, sino que tenía plan de vivir una vida más placentera y tranquila con su esposa y su familia. Extrañaría el salario, pero dado que sólo una hija seguía con ellos en la casa, con la jubilación y alguna chapucilla que le saliera, tendrían suficiente para vivir.

El jefe estaba triste de ver que un buen empleado se retiraba y le pidió, como favor personal, que construyera una última casa. Ramiro, que así se llamaba nuestro albañil, dijo que sí, pero se vio que su corazón y su esfuerzo ya no estaban en el trabajo. No hizo bien su labor. Seleccionó materiales de baja calidad, y la terminación de la casa fue de pena. En realidad, fue la peor y más fea casa que había construido en toda su vida.

Terminada la construcción, el jefe vino a inspeccionar la nueva vivienda. Llamó a Ramiro y le invitó a entrar a la casa diciendo mientras pasaba el umbral de la misma:

-          Esta es tu casa. Es mi regalo para ti.

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