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Cuentos con moraleja: "Maravillosos recuerdos del pasado"

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Cuando éramos niños, una mente lúcida y un corazón virgen dirigían y potenciaban nuestros sueños. Eran los años en los que íbamos a ser astronautas, bomberos, generales del ejército, o quién sabe qué. Con el paso de los años la vida se fue imponiendo, al tiempo que las ilusiones se fueron difuminando como nubes llevadas por el viento. Podría ocurrir que pasaran rápidamente los años de nuestra vida y no nos atreviéramos a mirar ni hacia atrás ni hacia delante pues nos diera vértigo el vacío que vemos. No podemos permitir que nuestro corazón se anquilose y muera. Tampoco podemos ser de ésos que creemos que lo sabemos todo; pues esa forma de ser, bastante soberbia por cierto, nos cierra la posibilidad de aprender y de maravillarnos ante la verdad y la belleza que siempre están cerca de nosotros; y en una palabra, de ser feliz.

Les cuento hoy un caso que oí, aunque a decir verdad nunca supe si era realmente cierto; pero por lo que cuenta, creo que se habrá repetido miles de veces. La historia la situaron en el primer cuarto del siglo XIX

Érase una vez un famoso pianista novel que vivía en Leipzig. Desde bien pequeño sus padres, amantes de la buena música, lo habían apuntado al conservatorio, ya que habían visto en el niño unas dotes muy especiales para la música, y en particular para el piano. En casa tenían uno de esos pianos de pared, heredados de generación en generación, que aunque ya estaba algo añoso, todavía podía dar un bello sonido; especialmente cuando era la abuela la venía a tocarlo por las fiestas de navidad.

Con el paso de los años nuestro niño fue creciendo y llegó a ser un pianista de renombre en gran parte de la Europa del este. Su ascenso relativamente fácil por los vericuetos de la música, la interpretación y los conciertos, le fueron haciendo un tanto orgulloso e impertinente. Tenía fama de no aceptar un consejo;  y mucho menos, una corrección.

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3er Domingo de Pascua (A)(19 de abril de 2026)

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Después de su resurrección, Jesús se apareció a sus discípulos y a mucha gente, pero “algo les impedía reconocerlo”.

  • Cuando leemos este pasaje del Nuevo Testamento pensamos: ¿Cómo es posible que estuvieran delante de Jesús y no fueran capaces de reconocerlo?
  • Algo similar nos puede ocurrir a nosotros. Cuando venimos a la Iglesia, ¿somos conscientes que estamos ante el mismo Jesús, realmente presente en el sagrario? ¿Hablas cara a cara con Él? Si nos gusta tanto hablar con nuestros amigos ¿por qué nos cuesta tanto hablar con Jesús? Da la impresión de que hay algo en nuestros “ojos” que nos impide reconocerlo. ¿Has levantado alguna barrera entre Jesús y tú?

Después de caminar y permanecer un rato junto a esa “persona extraña”, estos dos discípulos reconocieron que su corazón se había ido encendiendo y llenando de alegría. No fueron capaces de reconocer a Jesús, pero al menos se dieron cuenta que estar junto a Él y escucharle les daba de una profunda alegría: “Se decían el uno al otro, ¿no ardían nuestros corazones mientras que Él nos acompañaba en el camino?”

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2º Domingo de Pascua (A) (12 de abril de 2026)

Santo-Tomás-Apóstol C

“Mete tu dedo en las llagas de mis manos; y tu mano en la llaga de mi costado. Y en adelante no seas incrédulo sino fiel”.

A pesar de que el Señor nos ha dado pruebas más que suficientes para creer en Él, ¿en cuántas ocasiones nuestra postura es como la de Santo Tomás Apóstol? De todos modos, la paciencia y el amor de Dios hacia nosotros son tan grandes que siempre viene en nuestra ayuda cuando la fe se debilita: “Mete tu mano en mi costado”.

¿Por qué es tan pequeña nuestra fe? Principalmente por cuatro razones: el poco amor a Dios, nuestros pecados (que son el peor lastre), nuestras imperfecciones y el poco tiempo que le dedicamos a Dios.

1.- Las personas que se aman siempre confían el uno en el otro. Si amáramos más a Dios, creeríamos con los ojos cerrados todo lo que Él nos enseña, y aceptaríamos sus planes pues siempre son mejores que los nuestros.

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Cuentos con moraleja: "El arte de decir las cosas"

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Una sabia y conocida anécdota árabe dice que en una ocasión, un sultán soñó que había perdido todos los dientes. Después de despertar, mandó a llamar a un adivino para que interpretase su sueño.

- ¡Qué desgracia, mi señor! – exclamó el adivino.

- Cada diente caído representa la pérdida de un pariente de vuestra majestad.

- ¡Qué insolencia! - gritó el sultán enfurecido.

- ¿Cómo te atreves a decirme semejante cosa? ¡Fuera! ¡Fuera de aquí!

Llamó a su guardia y ordenó que le dieran cien latigazos.

Más tarde ordenó que le trajesen a otro adivino y le contó lo que había soñado. Éste, después de escuchar al sultán con atención, le dijo:

- ¡Excelso señor! ¡Gran felicidad os ha sido reservada...! El sueño significa que sobreviviréis a todos vuestros parientes

Iluminose el semblante del sultán con una gran sonrisa y ordenó le dieran cien monedas de oro.

Cuando éste salía del palacio, uno de los cortesanos le dijo admirado:

- ¡No es posible! La interpretación que habéis hecho de los sueños es la misma que el primer adivino. No entiendo por qué al primero le pagó con cien latigazos y a ti con cien monedas de oro.

- Recuerda bien, amigo mío- respondió el segundo adivino -que mucho depende de la forma en el decir.

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Cuentos con moraleja (Volumen 1)

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