Cuentos con moraleja: "Maravillosos recuerdos del pasado"

Cuando éramos niños, una mente lúcida y un corazón virgen dirigían y potenciaban nuestros sueños. Eran los años en los que íbamos a ser astronautas, bomberos, generales del ejército, o quién sabe qué. Con el paso de los años la vida se fue imponiendo, al tiempo que las ilusiones se fueron difuminando como nubes llevadas por el viento. Podría ocurrir que pasaran rápidamente los años de nuestra vida y no nos atreviéramos a mirar ni hacia atrás ni hacia delante pues nos diera vértigo el vacío que vemos. No podemos permitir que nuestro corazón se anquilose y muera. Tampoco podemos ser de ésos que creemos que lo sabemos todo; pues esa forma de ser, bastante soberbia por cierto, nos cierra la posibilidad de aprender y de maravillarnos ante la verdad y la belleza que siempre están cerca de nosotros; y en una palabra, de ser feliz.
Les cuento hoy un caso que oí, aunque a decir verdad nunca supe si era realmente cierto; pero por lo que cuenta, creo que se habrá repetido miles de veces. La historia la situaron en el primer cuarto del siglo XIX
Érase una vez un famoso pianista novel que vivía en Leipzig. Desde bien pequeño sus padres, amantes de la buena música, lo habían apuntado al conservatorio, ya que habían visto en el niño unas dotes muy especiales para la música, y en particular para el piano. En casa tenían uno de esos pianos de pared, heredados de generación en generación, que aunque ya estaba algo añoso, todavía podía dar un bello sonido; especialmente cuando era la abuela la venía a tocarlo por las fiestas de navidad.
Con el paso de los años nuestro niño fue creciendo y llegó a ser un pianista de renombre en gran parte de la Europa del este. Su ascenso relativamente fácil por los vericuetos de la música, la interpretación y los conciertos, le fueron haciendo un tanto orgulloso e impertinente. Tenía fama de no aceptar un consejo; y mucho menos, una corrección.
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