El problema de la existencia del mal

El problema de la existencia del mal en el mundo es una de las cuestiones más profundas de la teología y de la filosofía de la religión. Si Dios es bueno, todopoderoso y creador de todas las cosas, ¿por qué existe el mal? ¿Por qué permite el sufrimiento, la injusticia, la violencia, las enfermedades y la muerte?
La perspectiva parte de una idea fundamental de la fe cristiana: Dios no creó el mundo malo, sino bueno; el mal no forma parte del proyecto original de Dios, sino que entra en la creación como consecuencia del pecado y del mal uso de la libertad humana.
Desde esta perspectiva podemos construir una explicación teológica bastante completa, siguiendo el relato de la creación, el pecado original, la libertad, la responsabilidad humana y la acción de Dios en la historia.
1. Dios creó el mundo bueno: el mal no estaba en el proyecto original
Para comprender el problema del mal hay que comenzar por el principio: la creación.
El libro del Génesis presenta a Dios creando el mundo y contemplando su obra. Al terminar, afirma:
«Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno» (Génesis 1,31).
Esta afirmación es esencial. Significa que el mal no pertenece a la naturaleza original de la creación ni procede de una voluntad malvada de Dios.
Dios crea por amor, y todo lo que sale de sus manos participa de esa bondad.
El ser humano, además, ocupa un lugar especial dentro de la creación. No es simplemente un ser más entre los demás: ha sido creado a imagen y semejanza de Dios (Génesis 1,26-27).
Esto significa que el hombre ha recibido capacidades extraordinarias:
- La inteligencia para conocer la verdad.
- La voluntad para elegir libremente.
- La capacidad de amar y establecer relaciones.
- La responsabilidad de cuidar y desarrollar la creación.
- La capacidad de relacionarse con Dios.
El mundo había sido concebido como un espacio de armonía: armonía entre Dios y el hombre, entre los propios seres humanos, entre el hombre y la naturaleza y también dentro del propio ser humano.
No había una oposición entre el proyecto de Dios y la realización de la persona humana.
El hombre estaba llamado a vivir en comunión con Dios, y esa comunión constituía el fundamento de la armonía de toda la creación.
2. El pecado original: el hombre rompe el orden querido por Dios
Aquí aparece el segundo elemento fundamental: la libertad humana.
Dios no creó al hombre como un ser programado para obedecerle. Lo creó libre porque quería establecer con él una relación de amor.
Y el amor auténtico solamente puede existir cuando hay libertad.
Una persona obligada a amar no ama verdaderamente. Por eso Dios quiso que el ser humano tuviera la posibilidad de aceptar o rechazar su amor.
Sin embargo, esa libertad llevaba consigo un riesgo: el hombre podía utilizarla contra el propio proyecto para el que había sido creado.
Eso es precisamente lo que representa el relato del pecado original (Génesis 3).
La tentación de la serpiente consiste, fundamentalmente, en presentar a Dios como alguien que limita la libertad del hombre, alguien que le impide alcanzar su plenitud.
La propuesta es muy significativa:
«Seréis como Dios» (Génesis 3,5).
El hombre quiere ocupar el lugar de Dios. Quiere decidir por sí mismo qué es el bien y qué es el mal, sin reconocer que su libertad tiene un fundamento y una orientación: la verdad y el amor de Dios.
El pecado original no consiste simplemente en desobedecer una prohibición. Es algo mucho más profundo: es la ruptura de la relación de confianza entre Dios y el hombre.
El hombre deja de confiar en Dios y pretende construir su existencia al margen de Él.
Y cuando rompe esa relación fundamental, se desordena todo lo demás.
Podemos identificar cuatro consecuencias:
1. Ruptura con Dios.
El hombre se aleja de su Creador. Aparece el miedo, la desconfianza y el deseo de esconderse de Dios.
2. Ruptura consigo mismo.
El hombre experimenta una división interior. Ya no siempre desea lo que sabe que es bueno. Aparecen el egoísmo, la envidia, la soberbia, la codicia y las contradicciones interiores.
3. Ruptura con los demás.
La relación humana se deteriora. Aparecen la acusación, la rivalidad, la dominación, la violencia y el deseo de utilizar al otro en beneficio propio.
4. Ruptura con la naturaleza.
La creación deja de experimentarse como un espacio de armonía. Aparecen el sufrimiento, el esfuerzo, el deterioro y la muerte, dentro de la condición humana descrita por el Génesis.
Esto es importante: el pecado no afecta exclusivamente al individuo que lo comete. Sus consecuencias alcanzan a los demás y al conjunto de la realidad humana.
3. El mal entra en el mundo y se desarrolla a través de las decisiones humanas
Aquí llegamos al núcleo de nuestro planteamiento.
El pecado original representa el comienzo de una humanidad que ha utilizado mal su libertad.
Pero el mal no se queda en aquel primer acto de desobediencia. Se va desarrollando a lo largo de la historia mediante las decisiones de los seres humanos.
El relato del Génesis ofrece inmediatamente un ejemplo: Caín mata a su hermano Abel (Génesis 4).
Es un paso muy significativo.
Primero aparece la ruptura con Dios; después, la ruptura entre los propios seres humanos.
El hombre que ha dejado de vivir desde el amor comienza a vivir desde el egoísmo.
Y ese egoísmo puede convertirse en violencia, explotación, injusticia y destrucción.
Pensemos en cómo se desarrolla el mal en la historia:
- La soberbia lleva al deseo de poder y dominación.
- La codicia lleva a la explotación de los demás.
- El egoísmo lleva a la indiferencia ante el sufrimiento ajeno.
- El odio lleva a la violencia y a la guerra.
- La mentira destruye la confianza entre las personas.
- La ambición desmedida lleva a utilizar a los demás como instrumentos.
- La falta de caridad permite que la injusticia se perpetúe.
De esta manera, el mal va adquiriendo una dimensión colectiva.
Una decisión egoísta puede perjudicar a una persona; miles de decisiones egoístas pueden construir una sociedad injusta.
Una persona puede ejercer violencia contra otra; una humanidad que normaliza la violencia puede terminar construyendo estructuras de opresión, guerras y destrucción.
Por tanto, el mal no es solamente una cuestión individual. También tiene una dimensión social, histórica y estructural.
El pecado de una persona puede convertirse en sufrimiento para muchas otras.
Y aquí encontramos una idea especialmente importante: el mundo que Dios creó bueno sigue siendo una creación buena en su origen, pero la humanidad, mediante el pecado, ha introducido en él relaciones, comportamientos y estructuras que contradicen el proyecto de Dios.
El mal se propaga porque el ser humano puede transmitir a otros las consecuencias de sus decisiones.
4. ¿Por qué Dios permite el mal si no quiere el mal?
Esta es probablemente la cuestión más difícil de todas.
Si Dios es omnipotente y bueno, ¿por qué no impide que el hombre haga el mal?
¿Por qué no detiene una guerra antes de que comience? ¿Por qué no impide un asesinato? ¿Por qué no evita que una persona destruya la vida de otra?
Para responder hay que volver a la libertad.
Dios ha querido al hombre libre, y no puede convertir esa libertad en una ficción sin alterar profundamente la naturaleza de la relación que ha querido establecer con él.
Imaginemos que Dios interviniera automáticamente cada vez que una persona fuera a cometer una injusticia.
Si alguien quisiera robar, Dios paralizaría su mano. Si alguien quisiera mentir, impediría que pronunciara la mentira. Si alguien quisiera agredir, bloquearía físicamente su acción.
En ese escenario, el hombre conservaría aparentemente la capacidad de elegir, pero no podría llevar a cabo las consecuencias de sus decisiones.
La libertad quedaría profundamente limitada.
Dios habría creado un mundo en el que el hombre podría querer el mal, pero nunca realizarlo.
Ahora bien, esto no significa que Dios esté obligado a permitir absolutamente todas las consecuencias de nuestras decisiones. La tradición cristiana no enseña que Dios tenga que permanecer pasivo ante el mal. Dios puede intervenir, suscitar el bien, limitar determinadas consecuencias y actuar de maneras que no siempre conocemos.
Lo que sostiene esta explicación es que Dios ha querido una creación en la que la libertad humana sea real, y esa libertad conlleva la posibilidad de causar daño.
Hay una afirmación fundamental que conviene subrayar:
Dios permite el mal, pero permitirlo no significa quererlo, aprobarlo ni causarlo.
No debemos confundir tres realidades:
- Querer el mal: desear que se produzca.
- Causar el mal: ser responsable de producirlo.
- Permitir el mal: no impedir que suceda, aun teniendo capacidad para hacerlo.
Dios no quiere la maldad humana. No aprueba la injusticia ni se complace en el sufrimiento de sus criaturas.
Pero ha querido respetar la libertad que Él mismo ha concedido al hombre.
Por eso podemos afirmar que Dios no es el autor moral del pecado, aunque permita que la libertad humana pueda utilizarse para cometerlo.
5. ¿Y qué ocurre con el mal que no parece depender directamente del hombre?
Aquí es necesario introducir una distinción importante para que nuestra explicación sea teológicamente completa.
No todo el mal que experimentamos parece proceder directamente de una decisión humana.
Por ejemplo:
- Los terremotos.
- Las inundaciones.
- Las enfermedades.
- Las malformaciones congénitas.
- Las catástrofes naturales.
En teología se suele distinguir entre el mal moral y el mal físico o natural.
El mal moral es el que procede del uso equivocado de la libertad: asesinatos, guerras, robos, abusos, corrupción, odio, etc.
El mal físico o natural es el sufrimiento relacionado con la fragilidad, las limitaciones y los procesos naturales de la creación.
La perspectiva cristiana relaciona la entrada del sufrimiento, la corrupción y la muerte en la condición humana con la caída original.
San Pablo expresa esta dimensión universal del pecado en Romanos 8,19-22, cuando habla de una creación que gime y sufre dolores de parto, esperando ser liberada de la corrupción.
Es un texto extraordinariamente importante para comprender la relación entre el pecado humano y la creación.
Ahora bien, debemos evitar una conclusión incorrecta: no podemos afirmar que cada enfermedad, accidente o catástrofe concreta sea consecuencia de un pecado personal, ni que quien sufre una desgracia sea más pecador que quien no la sufre.
Jesús rechaza expresamente esa forma de interpretar el sufrimiento en Juan 9,1-3.
La tradición cristiana contempla la creación como una realidad que, aunque buena en su origen, está sometida a la fragilidad, la corrupción y la muerte, y que necesita ser restaurada.
Por tanto, podemos relacionar el mal natural con la condición de una creación caída, pero no debemos reducir cada fenómeno natural a una consecuencia directa y demostrable de una decisión humana.
6. Dios no permanece indiferente ante el mal: acompaña, sostiene y salva
Hay otro aspecto que resulta imprescindible para completar esta explicación.
Si Dios permite el mal respetando la libertad humana, ¿significa eso que se desentiende del sufrimiento del hombre?
En absoluto.
El cristianismo no presenta a un Dios que contempla fríamente el sufrimiento desde la distancia.
Presenta a un Dios que entra en la historia humana y se compromete con ella.
Y esa intervención alcanza su máxima expresión en Jesucristo.
La Encarnación es la respuesta de Dios a una humanidad que se ha alejado de Él.
Dios no abandona al hombre a las consecuencias del pecado, sino que sale a su encuentro.
En Jesucristo, Dios asume nuestra condición humana, experimenta el dolor, conoce la injusticia, sufre la traición y acepta incluso la muerte.
La cruz tiene aquí un significado fundamental.
Dios no elimina el mal mediante la supresión de la libertad humana, sino que entra en el mundo herido por el mal para vencerlo desde dentro.
Jesús no responde a la violencia con violencia, al odio con odio ni a la injusticia con injusticia.
Responde con el amor, el perdón, la entrega y la misericordia.
Y mediante su resurrección manifiesta que el mal y la muerte no tienen la última palabra.
Esta es una de las afirmaciones centrales de la fe cristiana:
Dios no quiere el mal, pero es capaz de sacar bien incluso de las situaciones más dolorosas que el mal provoca.
Esto no significa que el mal sea necesario o bueno, ni que debamos justificarlo porque Dios pueda obtener un bien de él.
Significa que el mal no tiene poder para destruir definitivamente el proyecto de amor de Dios.
Un ejemplo muy claro lo encontramos en la historia de José, hijo de Jacob. Sus hermanos actúan mal contra él, pero Dios es capaz de convertir aquella situación en un camino de salvación para muchas personas.
José les dice:
«Vosotros pensasteis hacerme mal, pero Dios lo pensó para bien» (Génesis 50,20).
Es una expresión muy significativa: el mal sigue siendo responsabilidad de quienes lo cometen, pero Dios puede actuar incluso en medio de sus consecuencias para generar vida y esperanza.
7. La libertad humana no es solamente el origen de muchos males: también es el camino para vencerlos
Hay una consecuencia muy importante de todo lo anterior.
Si el mal se desarrolla a través de las decisiones humanas, el bien también puede desarrollarse a través de ellas.
La misma libertad que el hombre ha utilizado para destruir puede utilizarla para construir.
Dios no quiere un hombre que obedezca mecánicamente, sino un hombre capaz de elegir el bien por amor.
Por eso, la respuesta cristiana al problema del mal no consiste solamente en esperar que Dios lo elimine.
También consiste en asumir nuestra responsabilidad.
Cada vez que una persona elige perdonar en lugar de vengarse, está rompiendo una cadena de mal.
Cada vez que alguien comparte en lugar de acumular egoístamente, está construyendo una realidad diferente.
Cada vez que alguien defiende al débil, denuncia una injusticia o ayuda a quien sufre, está colaborando con el proyecto original de Dios.
La libertad humana puede ser instrumento de destrucción, pero también puede convertirse en instrumento de transformación y restauración.
En este sentido, el cristiano está llamado a colaborar con Dios en la recuperación de la armonía que el pecado ha deteriorado.
8. La solución definitiva: una creación restaurada
La explicación cristiana del problema del mal no termina en el pecado original ni en la cruz.
Termina en la esperanza de una creación renovada.
El proyecto de Dios no ha fracasado.
La historia de la salvación culmina con la promesa de unos cielos nuevos y una tierra nueva.
El Apocalipsis expresa esta esperanza con una imagen extraordinariamente hermosa:
«Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni duelo, ni llanto ni dolor» (Apocalipsis 21,4).
La creación será liberada definitivamente de todo aquello que la desfigura.
El mal no es eterno. La muerte no es el destino definitivo del hombre. El sufrimiento no constituye la última palabra de la historia.
Dios ha creado al hombre para la vida y la comunión con Él.
La libertad que el hombre ha utilizado mal no será la vencedora definitiva de la historia. La victoria final corresponde al amor de Dios.
9. Síntesis: cómo entender el problema del mal desde esta perspectiva
Podemos resumir todo el razonamiento mediante el siguiente esquema:
Origen
DIOS CREA EL MUNDO BUENO

La creación nace del amor de Dios. El hombre vive en armonía con Dios, consigo mismo, con los demás y con la naturaleza.
Ruptura
EL PECADO ORIGINAL

El hombre utiliza mal su libertad, desconfía de Dios y pretende construir su vida al margen de Él.
Consecuencia
EL MAL SE INTRODUCE Y SE PROPAGA

El egoísmo, el odio, la violencia y la injusticia deterioran las relaciones humanas y sus consecuencias alcanzan a toda la creación.
Salvación
DIOS NO ABANDONA AL HOMBRE

Dios respeta la libertad humana, pero entra en la historia mediante Jesucristo para vencer el pecado y la muerte.
Plenitud
LA RESTAURACIÓN DEFINITIVA

Dios llevará la creación a su plenitud: desaparecerán el pecado, el sufrimiento y la muerte.
10. Una reflexión final: ¿cómo explicar entonces que Dios permita el mal?
Me parece que la idea central de todo este planteamiento se puede expresar de la siguiente manera:
Dios creó un mundo bueno y creó al hombre para vivir en el amor. Para que ese amor fuera auténtico, le concedió libertad. Sin embargo, el hombre utilizó esa libertad para alejarse de Dios, rompiendo la armonía original de la creación.
A partir de esa ruptura, el pecado comenzó a extender sus consecuencias. El egoísmo, la ambición, la soberbia, el odio y la violencia fueron deteriorando progresivamente las relaciones humanas y generando un mundo en el que el sufrimiento y la injusticia se multiplican.
Dios no quiere esa realidad. No desea que el hombre sufra, que unos hombres destruyan a otros. Sin embargo, respeta la libertad que Él mismo ha concedido al ser humano, porque no quiere sustituir el amor libre por una obediencia impuesta.
Pero respetar la libertad no significa abandonar al hombre a su suerte. Dios continúa actuando en la historia, llama constantemente al ser humano a la conversión, inspira el bien, acompaña a quienes sufren y ofrece la salvación mediante Jesucristo.
Por eso, ante el problema del mal, la respuesta cristiana no es que Dios haya querido un mundo de sufrimiento, sino que Dios ha querido un mundo de amor y libertad, y el hombre ha utilizado esa libertad para introducir el mal. Pero Dios no renuncia a su creación ni abandona su proyecto original: trabaja para salvarla y conducirla a su plenitud.
Una precisión teológica importante
Hay una cuestión que conviene dejar muy clara para que esta explicación sea sólida desde el punto de vista de la doctrina cristiana.
La libertad humana explica de manera especialmente clara el origen del mal moral, pero no resuelve por sí sola todas las formas del sufrimiento, especialmente el dolor de los inocentes, las enfermedades o las catástrofes naturales. Para entenderlos tendremos que acudir a dos cosas: a la degradación que sufrió la naturaleza humana como consecuencia del pecado original (ello explica las enfermedades...) y a la necesidad del cristiano de compartir la cruz de Cristo como signo de su amor a Él (Colosenses 1,24)
Además, en la teología cristiana, el pecado original no se entiende simplemente como una primera decisión humana cuyos efectos se transmiten a toda la naturaleza. Es también una condición de humanidad herida, privada de la santidad y justicia originales, que afecta a toda la humanidad.
El Catecismo de la Iglesia Católica aborda precisamente estas cuestiones en los números 385-421, especialmente al explicar el origen del mal, el pecado original y la condición caída de la humanidad.
Hay, además, una frase de San Pablo que resume magníficamente esta visión:
«Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (Romanos 5,20).
Es decir, el pecado ha introducido una profunda herida en la creación, pero la misericordia de Dios es más grande que el pecado.
La última palabra de Dios sobre el mundo no es el mal, sino el amor; no es el sufrimiento, sino la salvación; no es la muerte, sino la vida.
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