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XXVIII Domingo del T.O. (A) (15 Octubre 2017)

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En la parábola de los invitados que rechazan ir a la boda vemos uno de los misterios del corazón del hombre más difíciles de explicar: El hombre, creado por Dios, prefiere darle la espalda a su Creador para vivir su propia vida.

Dios solo quiere que el hombre sea feliz. Le ha enseñado muchos modos (a través de los profetas, e incluso de su propio Hijo) para conseguirlo; pero el hombre quiere buscar otros caminos “más fáciles” para lograr “su felicidad”. El Señor nos ha dicho muchas veces que lo mejor es seguirle, cargar con su cruz… (“Yo soy el camino, la verdad y la vida. El que me sigue no anda en tinieblas”), pero el hombre, cegado por la soberbia y el pecado, prefiere escuchar antes al Demonio que a su Creador.

Cuando el hombre toma la decisión de elegir su propio camino (= darle la espalda a su Creador), muchas veces lo hace sin ser plenamente consciente de lo que hace, aunque no por ello deja de ser culpable. En realidad se ha dejado engañar por el Demonio.

El misterio radica en esto: ¿Cómo puede ser el hombre tan ciego? En el fondo no es sino maldad del corazón. Ya tomó su opción: “vivir su propia vida”, aunque ello le suponga dar la espalda a Dios. Y olvida lo que nos dijo Cristo: “El que busque su propia vida la perderá. Pero el que pierda su vida por mí, ése la encontrará”.

El demonio nos promete una felicidad para esta vida sin tener que cumplir leyes ni mandamientos, pero lo que realmente busca es que nos condenemos en esta vida y luego para toda la eternidad. Abramos realmente los ojos. Dios no quiere nada malo para nosotros, sino todo lo contrario. Nos ha dado muchas pruebas de su amor. Hasta mandó a su propio Hijo.

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